Involución y orgullo de demócrata
Suenan trompetas de involución democrática en todo el paÃs. Y lo hace desde hace ya demasiado tiempo. El segundo mandato de José MarÃa Aznar como Presidente del Gobierno marcó el camino por el que el PP se está deslizando peligrosamente. Y no sólo para ellos…
Durante la transición, el orgullo de democráta, incluso el pedigrà como tal, eran un valor seguro por el que todo el mundo apostaba y del que se hacÃan eco los medios de comunicación, pero eso varió desde el momento en que el PP obtuvo la mayorÃa absoluta.
Durante mucho tiempo, los demócratas de este paÃs han sostenido, no sin razón, que el mayor lastre de España ha sido el de contar con una derecha ultraconservadora, ultracatólica y ultranacionalista española que ha sido predominante frente a la centroderecha liberal que suele predominar en toda Europa.
Esto se puede observar con claridad meridiana en el PP actual, en el que los polÃticos de corte centroderechista liberal como pueden ser Gallardón o Piqué están arrinconados por Aznar y su séquito, los Zaplana, Acebes, Esperanza Aguirre, etcétera. También en la cohorte mediática que marca el credo ideológico del PP, marcado por la incontinencia pseudofascista de Jimenez Losantos o la más taimada de Pedro Jota Ramirez.
También la iglesia española, tradicional acompañante de esa derecha, ha vuelto por donde solÃa, cabalgando a lomos de un ultraconservadurismo que raya en lo inconstitucional, sino lo supera ampliamente. En la Iglesia quizá sea consecuencia de una posición táctica, ante la crisis de vocaciones, que está dejando sin sacerdotes a las parroquias, y el progresivo abandono de la iglesia que caracteriza a esta nueva sociedad española. Quizá piensen que la táctica del enfrentamiento y la división pueda aportarles nuevos fieles, aunque esto sea una posición ciertamente arriesgada.
Otra de las cuestiones en las que se ve reflejada con claridad la involución de los valores democráticos es la ola creciente de revisionismo del franquismo, al que intentan presentarnos como un autoritarismo “light”, y la virulencia con la que se combate la memoria histórica. Este ya es un extremo tremendamente peligroso: un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.
Por esto, es necesario que los democrátas establezcamos dos lÃneas claras que nos separen de los que no lo son. Si una de ellas está perfectamente delimitada y todos estamos de acuerdo en ello, que es la que nos separa de los violentos, de los terroristas; la otra debe quedar igualmente definida y es la que nos separa de los fascismos que han asolado a España en su pasado, empezando por el último, el franquismo.
Aquà no puede haber medias tintas: O somos democrátas o no lo somos, pero no se puede estar con los demócratas y con los fascistas, como tampoco se puede estar con los primeros y con los terroristas. Y no caben tibiezas. Debe ser el inequÃvoco y legÃtimo orgullo de demócrata. Ese que perdimos en algún momento entre la transición y el momento presente.
