Era el dĂ­a 27 del mes de Enero, en un invierno de esos que se recuerdan años posteriores cuando se habla de las estaciones,Borja y yo caminĂĄbamos por la ciudad dando un paseo cuando un grupo de 4 chavales ataviados con las camisetas del club de fĂștbol de la ciudad se cruzaron en nuestro camino. Se subĂ­eron al autobĂșs urbano para ir a ver el encuentro de fĂștbol de su equipo, ese equipo que aun militando en divisiones inferiores la aficiĂłn nunca le daba la espalda.

Ese domingo era especialmente frĂ­o, amenazaba lluvia, a ratos granizaba… toda la ciudad tenia ese tono grisĂĄceo propio de las urbes del norte del paĂ­s; de repente le propuse a Borja ir a ver el partido, el aceptĂł (en realidad casi siempre haciamos lo que yo sugerĂ­a) asi que montamos de un salto al autobĂșs y nos dirijimos al campo.

Pillamos 2 entradas y como adolescentes nos ubicamos en la zona mĂĄs recogida y resguardada del campo.

Se podia ver que el campo estaba medio desierto, apenas 4000 personas contemplaban el devenir del partido, con mĂĄs ganas que no les lloviese cuando volviesen a sus casas que de animar a su equipo.

El partido era aburrido a mĂĄs no poder, tĂ­pico de esa categorĂ­a… contemplĂĄbamos el partido medio abrazados, Ă©l con su brazo rodeandome, pero eso a mĂ­ no me bastaba…